¿Te quedaste dormidito en el hotel de Hilbert, viejo? ¿Pudiste sobreponerte un poco del dolor y la indignación que te generaba este mundo que dejaste? ¿Cómo es no existir, y que tampoco exista el tiempo?
Intento volver a las Matemáticas y estás tú, explicándome teoremas en las mesas de los restaurantes de la infancia, hablándome de lejanía y distancia en espacios parecidos y diferentes a este en que vivimos (vivo), rayando tableros conmigo durante años, imaginando juntos funciones y caminos. Estás tú, mostrándome en el aire entidades abstractas que ambos veíamos con exactitud. Estás tú, con tu chaqueta de alpaca, tu recién descubierta enfermedad y tu fascinación por la astronomía, diciéndome con certeza absoluta que nuestro amor va más allá del tiempo, de la muerte y del espacio.
Somos los dos con la misma costumbre de quedarnos mirando hacia ningún lugar. Quiero verte allí mismo, papá.
Me confundo. Extraño tus consejos. Me culpo. Ignoro.
Continúo.