Encontrar pelitos suyos en el chaleco que le di
en su último día del padre, y que siempre usaba cuando se quería ver más bonito y yo le decía que él siempre se veía bonito, que lo más bonito del chaleco era el gancho, que el que es bonito es bonito.
Sentir el frío suavecito y liso de su muerte
(de su cabecita recién apagada)
en mis labios.
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