Comienzo escribir esto hoy, porque los días que ocurrieron antes de tu derrame tiendo a recordarlos como recuerdo pocos eventos en mi vida. Como ya no soy capaz de recordarte ya a ti, manchita cálida, borrosa y ronca en mi memoria.
El primero de Mayo fue festivo. Fuimos a la Clínica Las Américas a visitar a una querida amiga de la familia. Estaba moribunda. Quisiera recordar las palabras de consuelo que le dabas a su esposo ante la inminencia de su muerte. Quisiera tenerlas para mí ahora. Esa tarde fui a hacer un trabajo con unos amigos. No se por qué, recuerdo una llamada que te hice cuando terminamos. Estaba en el paradero de buses frente a San Fernando y llamé a contarte que habíamos terminado, tú estabas descansando y viendo televisión. Extraño mucho ese tipo de llamadas, de una cotidianidad que ahora resulta dolorosa.
Debo aclarar que te escribo en la mesa del comedor (que cambió de lugar, como tantas cosas han cambiado en este apartamento desde que te apagaste) al lado de un mueble donde está lo único que mi mente puede reconocer con seguridad alguna como "tú": una cajita de madera oscura/rojiza donde están, espero, tus restos. Digo espero porque podrían ser los de alguien más.
Ese Jueves se cumplieron siete años desde tu infarto. Te invité a ti y a mi mamá a tomar algo en el centro comercial del frente. Estabas muy hablador como siempre, te di permiso de tomarte un tinto (tengamos en cuenta que por esa época era tu nutricionista de cabecera, una maldita nazi que si hubiera sabido que faltaban 10 días para tu derrame y 16 para que te apagaras, te hubiera invitado a paella con Coca Cola y pastel de arequipe). Hablaste de Ernesto Samper y de Fernando Botero, y de cómo creías que este país creía una historia verdaderamente lejana a la que sucedió. Cada que hablabas, se notaba la legítima frustración que sentías por Colombia. Te dolía profundamente.
El viernes fuiste con mi mamá a Rionegro a hacer una vuelta. Yo estaba en la Universidad, conmovida ante la noticia de la muerte de la esposa de mi profesor y tu amigo. Lloré mucho porque ella también murió de cáncer, me impresioné, llamé a mi mamá y como siempre le pregunté por ti. Le dije que los amaba, que te dijera eso. En la tarde, luego de mi clase de Literatura, me fuiste a recoger. Manejabas por esa época de una manera miedosa, frenabas en seco donde se te ocurriera, te desviabas de las vías. Recuerdo que un señor se agarró a pitarte y yo me enfurecí con él. Tú, calmado, y yo como siempre histérica, creyendo que podía protegerte de algo.
Recuerdo mucho esa tarde hermosa en la que despedimos a Francisca*. Estabas de todas formas muy feliz de ver a todos tus colegas de la Universidad, ellos preguntaban por tu salud y tú te mostrabas fuerte, perfecto. Ellos, incluido el Rector, te mostraban cariño y respeto. Pesabas menos que yo para esa época pero tu mente era de una fortaleza que nos engañó. Estabas bien. Durante la misa estuve sentada entre mi mamá y tú. Apretaba las manos de ambos, pensaba lo difícil que iba a ser dejarte ir. Te abrazaba, te tocaba la pierna huesuda al lado mío. Imaginaba cómo iba a ser ese día terrible, que calculaba para dentro de unos 5 a 8 años. Salimos de allá algo acongojados, era un anochecer muy azul. Te ayudé a bajar al parqueadero. Parecías lleno de fuerza y tranquilidad, si es que de verdad creo ser capaz de recordarte.
Ese día me dejaron en la Universidad porque había un concierto, te dije que manejaras con cuidado y como siempre los llamé a ver si habían llegado vivos.
El Sábado estuvimos tú y yo donde tu hermano Pablo, escuchando música. Ese plan era delicioso, y sobre todo ese semestre lo hicimos mucho. Recuerdo una conversación sobre Estocolmo/Constantinopla, y una canción llamada así. Recuerdo que luego hablaste con Pablo sobre seguros de vida y le dijiste que, si firmaba un documento, estaba dando fé de no irse a morir en los próximos dos años. Eso lo recuerdo porque me incomodó: me hizo otra vez pensar en tu muerte, lo que más he temido en la vida, eso que iba a pasar dentro de 14 días. Daría tanto por ver otra vez tu cara cuando te recordé disimuladamente darle un dinero que no tenías por qué darle a Pablo, pero igual querías hacerlo.
El Domingo casi que obligada me fui contigo para el Carmen. Digo casi que obligada porque no me permitía a mí misma dejarte ir solo manejando hasta allá (no recuerdo mi mamá por qué no podía ir). Estuve malhumorada todo el rato por las cosas que me dañan la cabeza a mí y que no importan. Fui una completa idiota contigo ese día. Tuvimos una pelea dolorosísima en el camino, toda por culpa mía, recuerdo con exactitud curvas y frases correlacionadas. Cuando llegamos a donde Liliana*, te dejé allá con la comunidad y me fui a llorar a la Casa de la Cultura. No quería tratarte mal. Estabas más complicado de costumbre, y yo siempre he sido de un complique inncesario. En todo caso te traté mal, me sentí mal, y lloré. Luego me comí un helado y estudié Mecánica Cuántica un rato. Me llamaste para almorzar, yo me comportaba algo resentida contigo. A esa persona que fui yo hace un año la desprecio profundamente por haber actuado así.
Ese día almorzamos un arroz deliciosísimo, tu tenías el buso peruano que tanto me gustaba y que te encantaba que yo usara cuando hacía mucho frío y me lo prestabas. Me quedé haciendo una siesta y cuando ustedes terminaron su oración, me despertaste para irnos. Recuerdo esa sensación de confort, de protección. Nos fuimos por La Ceja y me pediste que te dejara manejar por esas montañas que tanto te gustaban. Así fue.
Toda la tarde había tenido antojo de un helado de chocolate en específico, y todo el camino estuviste pendiente de encontrarlo, asi yo estuviera más callada de lo normal. Recuerdo exactamente el lugar donde paramos y nos sentamos. Compraste pandequesos para mi mamá y me invitaste al helado. Había un perrito cerca de nosotros. Yo era la niña de tus ojos.
Durante ese día mi actitud hacia ti no fue normal, así que en la noche fuiste a pedirme perdón. Me puse a llorar y te dije que no tenía por qué perdonarte, que me perdonaras tú a mi. Me dijiste que por esas cosas me preocupara yo, que tú te preocupabas por cambiar lo que todavía te faltaba por cambiar. Te referiste a ti como "este hombre". Nos abrazamos en mi cuarto. Me diste las gracias por un Domingo tan bonito. Trece días después te apagaste al ritmo mío repitiendo "gracias, gracias, gracias".
¿Cómo es que ya no estás? ¿Puedo ser tan injusta como para decir que ya no estás? Estás en mi memoria, papá, y en mi día a día. La memoria traiciona y tu eres cada vez más difuso en ella, papá.
* Nombres cambiados porque sí.
** Ahórrese el comentario si me va a decir que ya pasó un año y debería estar superándolo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario